“Restaurar la naturaleza exige algo más que inversión”

Qué hace falta para que el compromiso empresarial se traduzca en proyectos de calidad

Por Marta Ortiz-Arce Vizcarro | Ingeniera de Montes (UPM) y Responsable de Alianzas en Land Life Iberia

Estas últimas semanas he participado en varios encuentros donde he tenido ocasión de conversar con responsables de sostenibilidad de distintas empresas. Hemos hablado de objetivos climáticos, biodiversidad e inversión, y de las dificultades que todavía existen para incorporar la naturaleza a las decisiones empresariales. La sostenibilidad ha ganado peso dentro de las organizaciones, pero llevar los compromisos al territorio sigue siendo uno de los grandes desafíos.

En estos foros de debate siempre me hago la misma pregunta: desde que una empresa decide invertir en la recuperación de la naturaleza, ¿qué hace falta para que esa decisión se traduzca en resultados tangibles?

La misma pregunta me acompaña cuando cambio las salas de reuniones por las botas de campo. Allí, en el monte, los protagonistas son otros. Es el ecosistema, su fauna, su flora, su suelo, su clima. Pero sobre todo están las personas. Los propietarios, los gestores y los habitantes del territorio. Es su historia, sus usos tradicionales, sus necesidades y, por supuesto, su futuro. 

Son conversaciones distintas, aunque estrechamente relacionadas. En una sala de reuniones se definen objetivos, prioridades y presupuestos. Sobre el terreno hay que encontrar la manera de convertirlos en actuaciones tangibles, viables, que resuelvan problemas, que restauren ecosistemas y que aporten valor a quienes viven allí. Moverme entre ambos mundos me hace entender la necesidad de conectarlos. La naturaleza se ha convertido en una cuestión estratégica para muchas empresas que apuestan por la calidad. De unos ecosistemas sanos dependen recursos tan esenciales como el agua, las materias primas o los suelos fértiles. Su degradación afecta a las operaciones, las cadenas de suministro y la viabilidad de numerosos sectores económicos.

Sin embargo, esa dependencia no siempre se refleja en el destino de las inversiones. El informe State of Finance for Nature 2026, publicado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), revela un desequilibrio difícil de ignorar: por cada dólar destinado a soluciones basadas en la naturaleza, se canalizan aproximadamente 30 hacia actividades perjudiciales para ella. Y apenas el 10 % de la financiación de estas soluciones procede del sector privado.

Necesitamos movilizar más recursos, desde luego, pero también revisar hacia dónde se dirige el capital y qué resultados esperamos de él. Una inversión en restauración solo tiene sentido si responde a las necesidades del ecosistema y de sus habitantes, se adapta a las características del territorio y cuenta con garantías para mantenerse en el tiempo.

La evidencia científica refleja que las especies de nuestros montes deben estar preparadas para nuevas condiciones climáticas, escenarios donde los veranos serán más largos, las sequías estivales más pronunciadas, las temperaturas más elevadas y, en definitiva, episodios climáticos más extremos. 

Por otra parte, como bien ilustra Asun Cámara en su artículo “Mucho más que árboles: biodiversidad, bienestar y futuro”, los bosques tienen un valor más allá de sus funciones estrictamente ambientales. Sostienen actividades económicas, generan empleo, contribuyen al bienestar de las personas y ofrecen oportunidades para el desarrollo rural y contra la despoblación rural.

Así es. Cuando hablamos de restauración ambiental, no sólo hablamos de recuperar ecosistemas, también hablamos de todo ese abanico de servicios ecosistémicos asociados, incluida la protección de todos los recursos naturales de los que depende nuestra economía y, en definitiva, de contribuir positivamente al futuro de nuestros territorios.

El gran reto es cómo trasladar estas cuestiones a las estrategias y decisiones empresariales.

El Pacto Mundial de la ONU España ha señalado que los Objetivos de Desarrollo Sostenible relacionados con la vida submarina y los ecosistemas terrestres figuran entre los menos trabajados por las empresas españolas. Al mismo tiempo, conceptos como nature positive, que plantea detener y revertir la pérdida de naturaleza, van ganando terreno en las estrategias de sostenibilidad.

Una parte de ese trabajo consiste en comprender de qué manera depende cada organización de la naturaleza y qué impactos genera sobre ella. No todas las empresas tienen las mismas prioridades, al igual que no todos los territorios necesitan las mismas intervenciones. Marcos como los de la Science Based Targets Network (SBTN) permiten avanzar hacia objetivos basados en la ciencia, que después hay que traducirlos en decisiones concretas.

Y ahí empiezan muchas de las dificultades. Identificar dónde actuar, encontrar colaboradores adecuados, estructurar la financiación y establecer sistemas de seguimiento. Disponemos de un abanico creciente de metodologías y marcos de trabajo, pero articularlos y llevarlos a la práctica no siempre resulta sencillo.

A ello se añade la necesidad de medir los resultados. Se tiende a utilizar cifras concretas y cuantificables (árboles plantados, hectáreas restauradas, toneladas de carbono absorbidas, etc.)  para explicar el alcance de un proyecto. Son indicadores necesarios para poder traducirlos en datos medibles (euros, dólares, TIR, etc), pero son también insuficientes para valorar la calidad de un proyecto.

Por ejemplo, mientras que las emisiones de gases de efecto invernadero se pueden expresar en toneladas de CO2 equivalente, la biodiversidad es mucho más difícil de cuantificar. Para evaluar la restauración de un ecosistema debemos evaluar multitud de indicadores en todas sus dimensiones: composición biológica, estructura del ecosistema, funcionamiento ecológico, suelo, agua, resiliencia, o conectividad ecológica. 

Y además necesitamos tiempo. Un ecosistema tarda varias décadas en evolucionar hacia una mayor calidad, complejidad y madurez. 

Y ese tiempo lo garantizan las personas. Los propietarios, los habitantes, los gestores, los usuarios, los que viven en el territorio. Si el proyecto no es también suyo, el proyecto no será viable en el tiempo, ni será un proyecto de calidad. 

Por eso un buen proyecto empieza mucho antes de plantar el primer árbol. Hay que conocer el lugar, hablar con sus propietarios, escuchar a quienes viven y trabajan allí, entender su historia y encontrar puntos de encuentro entre intereses que no siempre coinciden.

En España conocemos bien esta complejidad. La fragmentación de la propiedad forestal, unida a los desafíos demográficos y económicos de muchos municipios rurales, obliga a dedicar tiempo y esfuerzo a construir acuerdos. Los propietarios, las administraciones, los profesionales forestales y las comunidades locales tienen un papel decisivo en el desarrollo de cualquier actuación.

Un claro ejemplo es el proyecto de TUI Forest Navarra, que Land Life está realizando en la Ribera Navarra, en el que estamos recuperando más de 91 hectáreas de bosque afectadas por el incendio de 2022. Es un precioso proyecto que hemos desarrollado en estrecha colaboración con los Ayuntamientos de Arguedas y Valtierra, TUI Care Foundation, Gobierno de Navarra, FORESNA, el Consorcio para el Desarrollo Económico de la Ribera Navarra, las Bardenas Reales y varias asociaciones locales, como el Colectivo Gardacho.

El proyecto combina actuaciones de regeneración natural asistida en el pinar de pino carrasco quemado, plantaciones de enriquecimiento en las zonas donde no había regeneración natural, la construcción de albarradas para reducir la erosión del suelo, y actuaciones para conservar y promover la fauna (charcas de agua, cajas nido de aves y murciélagos, hoteles de insectos, etc). Son trabajos necesarios para favorecer la recuperación del monte y aumentar su resiliencia frente a futuros episodios de sequías o incendios.

José Luis Sanz Zubieta, alcalde de Arguedas, siempre dice que “aquel incendio también fue el punto de partida de un compromiso común para recuperar el monte”.

Hay algo que siempre debemos recordar en cualquier proyecto de restauración ambiental: para quienes viven allí, recuperar ese monte significa mucho más que recuperar un ecosistema.

Como técnicos, analizamos aspectos como el estado del suelo, la regeneración de la vegetación o el comportamiento del agua. Para los vecinos de Arguedas, este monte forma parte también de sus recuerdos, de sus actividades cotidianas y de la identidad del municipio. 

Por ello, el proyecto incluye también jornadas de participación ciudadana con vecinos del pueblo, actividades con escolares en Sendaviva y encuentros multigeneracionales donde las personas mayores del municipio pueden compartir conocimientos tradicionales. Esta actividad es especialmente importante porque supone reconocer la sabiduría y el trabajo de nuestros antepasados. Trabajamos con herramientas tecnológicas cada vez más avanzadas, pero quienes han vivido y trabajado durante décadas en estos paisajes conservan un conocimiento que también es necesario valorar.  

Poner en marcha un proyecto de restauración ambiental tan ambicioso requiere mucho trabajo y coordinación con todos los stakeholders. Administraciones, técnicos, Ayuntamientos, ciudadanía, asociaciones y financiadores deben trabajar con objetivos compartidos, respetando las responsabilidades y los tiempos de cada uno.

Y esto no es sencillo. El proyecto de restauración del Monte Comunal de Arguedas y Valtierra tardó dos años en gestarse, y otros dos más en realizarse. Lo cuento porque el sector gana credibilidad cuando explica el trabajo que hay detrás de cada proyecto, y porque las empresas que los financian deben saber lo que implica un proyecto de estas características. 

Para una empresa, participar en un proyecto de restauración le permite conocer de primera mano los desafíos de un territorio y entender el impacto positivo que tiene cada actuación. La financiación resulta imprescindible, pero es la colaboración entre todos los stakeholders la que permite convertirla en un proyecto viable y de calidad. 

A quienes trabajamos en el sector de la restauración ambiental nos corresponde transformar esa voluntad de inversión en proyectos sólidos, con fundamento científico, objetivos realistas y una visión estratégica a largo plazo. También explicar con transparencia las dificultades que encontramos y las decisiones que tomamos sobre el terreno. 

Mi trabajo me permite escuchar tanto a quienes toman decisiones de inversión como a quienes conocen y cuidan los montes desde hace generaciones. Y trabajo cada día por acercar esas dos perspectivas.

Porque las empresas tienen mucho que aportar a la restauración de nuestros bosques. Pero para que esa inversión dé resultados, es fundamental contar con quienes conocen el territorio, implicarlos desde el principio y mantener ese compromiso mucho después de plantar el último árbol.

Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva de su autora.